No es mi intención en este espacio preguntarles o hacerlos responsables a nuestros gobernantes por las 51 muertes acaecidas hace unos pocos días atrás. Como ciudadana, entiendo que los tres Podres del Estado deberán darnos todas las explicaciones y obligarse a que esto no ocurra más. Como especialista en Comunicación de Crisis, me urge en esta ocasión agradecerles una logística mejor a la que todos fuimos sometidos durante Cromañón o Lapa o tantas otras.
Desconsolados, aquellos que hubimos de presenciar este accidente desde el confort de nuestros hogares, o desde el aire acondicionado de nuestras oficinas, agradecemos a cada uno de los helicópteros que aterrizaban o despegaban de la calle Perón, les damos las gracias al SAME, a los bomberos que bañaron de vaselina a las víctimas para sacarlas rápidamente de los hierros retorcidos, les damos las gracias a aquellos que intentaron infructuosamente reanimar a ese niñito de tan solo 10 años, les doy las gracias.
Estuvieron allí, se hicieron carne de la carne dolorida, los vimos corriendo y sufriendo cada uno de los minutos más desesperantes. Gracias.
Todos, especialistas o no en la materia, nos dimos cuenta que las fuerzas de salvataje se habían entrenado previamente. Agradezco, entonces, todos los simulacros a los que se sometieron previo a esta tragedia.
Agradezco hasta lo innecesario: esos paneles que la unidad criminalística de la Policía Federal confeccionó para mover los cadáveres a fin de que la ciudadanía no vea bolsas negras… En fin, al niñito de 10 años lo vimos morir en vivo y en directo.
Tampoco es mi intención aquí criticar el abandono total del lugar del siniestro tras la atención de los heridos y fallecidos. Luego de haber recubierto la formación accidentada, todos supusimos que se abría rápidamente una nueva instancia: el peritaje prolijo y minucioso; la búsqueda de efectos personales. Nunca imaginamos que en realidad, fuera todo abandonado. Tan abandonado que olvidaron a Lucas.
Pero reitero, en esta ocasión sólo me queda indignarme por el sufrimiento sin medida, indiferente a los ojos de nuestros gobernantes de todos aquellos que hubieron de recorrer la ciudad sin un peso muchos, sin amparo, sin protección alguna.
¿Era necesario que una mujer embarazada de su primer hijo, deambulara con sus pocas monedas en busca de un marido que se fue? ¿Era necesario que la madre de Lucas fuera tantas veces a la morgue judicial?
Señores Gobernantes, ¿a nadie se le ocurrió montar un centro de operaciones? ¿A nadie se le ocurrió armar en minutos un lugar de albergue para todos los desesperados? El Congreso de la Nación podría haber sido un buen lugar de contención para todos los familiares y amigos de las víctimas. Allí podrían haber centralizado toda la información, a todos los médicos, a los psiquiatras, los psicólogos, la asistencia social, toda la medicación, el agua, la comida, los teléfonos celulares, la internet. ¿Era necesario hacerles recorrer los hospitales y la morgue judicial a todas estas pobres personas que, seguramente, no disponían de ningún recurso para transportarse ni para comer, ni para medicar sus más profundas angustias?
Me tocó ser testigo de la tragedia de Atocha. Nadie hubo de recorrer hospitales ni morgues ni llamar a teléfonos colapsados: NADIE. Todas las familias se concentraron en la misma estación, todos los recursos del estado se pusieron a disposición de la ciudadanía desesperada en un sólo punto: allí fueron todos contenidos, informados, trasladados gratuitamente. Básico, fácil de implementar, un estado presente. En quince minutos se presentó en el lugar desde el Rey de España y todas las autoridades del Ejecutivo. Juntos. Juntos todos con la gente.
El actual gobierno, la oposición ¿sabrán que nuestra gente se mueve diariamente con unos 10 o 20 pesos? ¿Será este el “síndrome del auto oficial”? Se montan a ellos y suponen que toda la ciudadanía tiene uno con el que puede llegar confortablemente de Moreno al centro de la capital sin mayores dificultades? ¿Será que los de a pie no usan sus carros de lujo porque no encuentran nafta fácilmente?
Todos vimos a la mamá de Lucas transportarse en un auto rojo. Apuesto a que era el auto de algún familiar. Quizás del rico de la familia. O era el remisero del barrio que puso el auto a disposición. No lo sé. Lo que sí sé es que esa mujer como otros tantos cientos, se habrán sentado en el piso de la estación, habrán tomado ansiolíticos prestados, y habrán peregrinado de aquí para allá con dinero de otros o ahorrado, en el mejor de los casos.
En el “Convenio Interjuridiccional para la respuesta coordinada ante incidentes mayores en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”, firmado en el año 2008 por los ministros Montenegro y Aníbal Fernández, ¿no se habrán olvidado de sumar a la gente de a pie a dicho protocolo? Si. El Modelo Nacional y Popular se olvidó nuevamente de los pobres que generan riqueza.
Hubimos de pasar un Cromañon para que los gobernantes entendieran que debían dar respuestas inmediatas y profesionales a la tragedia. Pero seguimos con prácticas “deficientes”: en esa oportunidad recuerdo que el Presidente de la Nación se fue a Río Gallegos. Esta vez, también. En aquella oportunidad el Centro de Operaciones fue el playón de la mismísima Morgue Judicial con la gente agolpada y llorando al rayo del sol. Esta vez, algo parecido. Sólo la temperatura nos jugó una mejor pasada.

